martes, junio 03, 2008

CRONICA INVITADA 2


El duelo desenfrenado

por Roberto Castillo Sandoval

El deseo insaciable de las lamentaciones, que lleva a los gemidos y los golpes de pecho, no es menos vergonzoso que la voluptuosidad desenfrenada. (Plutarco)
No soy el único que piensa que hay algo extraño detrás de la convulsión pública que se ha creado en torno a la muerte del general Bernales. Todo indica, por la cantidad de gente que se ha manifestado, que Bernales se las había arreglado para proyectar una imagen de cercanía y sencillez. También es cierto que las circunstancias de su muerte en el extranjero fueron impactantes y trágicas. Pero los extensos ritos fúnebres, los sollozos públicos, las vigilias y homenajes, han tenido un carácter teatral, un aire inequívoco de performance colectiva. Algo más profundo que el simple condolerse se está manifestando con el exceso volcánico, contagioso, y sorprendente de tanta efusión. Las exequias del general Bernales me recordaron, guardando las distancias liliputienses, el clima que se generó en Inglaterra con la muerte de Diana Spencer: un duelo desenfrenado, sentimental en extremo, y opresivamente colectivo. Incluso la utilería ha sido similar: féretros cubiertos de banderas, cureñas, caballos sin jinete, orfeones de música tocando a tempo fúnebre, flores, los deudos en el centro del haz reflector de la fama, la mirada retrospectiva, hagiográfica. No sé si en algún momento un Elton John criollo le cambiará la letra a una canción de elegía, para dedicársela al nuevo 'mártir', pero en estos tiempos la arqueología de la frase 'general del pueblo' tiene que relacionarse con eso 'the people's princess'. La imagen transfigurada del general ha actuado como pararrayos para atraer una carga sicológica y emocional que sorprende por su fuerza.
Hace una semana, muchos de los que este domingo manifestaron su desconsuelo de manera tan pública no tenían idea de cómo se llamaba el general director de Carabineros ni de qué lo diferenciaba exactamente de sus antecesores en democracia.
Aun ahora que su nombre ha adquirido celebridad, tengo la sensación de que la gente que expresa su idolatría por el llamado "general del pueblo" se encontraría en serios aprietos al momento de nombrar las razones concretas por las que Bernales merece ser recordado así. Lo más sustancial que he visto de las entrevistas callejeras de la televisión fueron las palabras de una mujer que había salido a la calle porque le daba pena que los hijos del general hubieran perdido a su padre y a su madre al mismo tiempo: una simple razón humana, genuina, entre un mar de generalidades y lugares comunes peloteados para allá y para acá, hasta el paroxismo, entre los medios de comunicación y el público: lo de este fin de semana ha sido un discurso elegíaco larguísimo pero notablemente vacío de contenidos.
¿Qué otra prueba se necesita para considerar la posibilidad de que algo está fuera de lugar que las escenas en que lloran niños que claramente no tienen idea de qué está pasando? Lo único que esos niños entienden es que están siendo forzados a participar en una bacanal de lamentos, el festival de la lágrima. Si esto no fuera suficiente para encontrar que esto ha sido raro, hay que considerar que el uso de la palabra "mártires" corresponde a una narrativa ilusoria (no me atrevo a decir calculada, aunque estoy a punto) en la que la agnóstica presidenta participa al recordar, con la voz quebrada, que en la "última cena" que tuvo con Bernales, éste le confió que "ese caballero que está ahí" (señalando un crucifijo) siempre lo acompañaba. Por último, el discurso de innegable cariz político que pronuncia el hijo del general frente a las autoridades confirma que en todo esto hay algo digno de ser analizado en mayor detalle. Con una intervención que (lo siento mucho, tengo que decirlo) me recordó el discurso del nieto de Pinochet en esas otras exequias, el hijo de Bernales clamó porque aparecieran los "jueces del pueblo, los diputados y senadores del pueblo". Estoy seguro de que pronto recibirá ofertas de partidos políticos que lo querrán en sus filas. Ya se acercan, por si no se han dado cuenta, las elecciones municipales.
El general Bernales jamás soñó que su funeral sería tan fastuoso y multitudinario. Nadie, a menos que sea un megalomaníaco de marca registrada, sueña con unas exequias como las que se dieron este domingo en Santiago. Tampoco fue idea de los familiares devastados por el dolor de la pérdida. Esto lo inventaron y lo armaron otros. Los múltiples tinglados de esta puesta en escena desvían la atención de los serios problemas por los que atraviesa el país, pero también disimulan los detalles que se han revelado a partir de este desafortunado accidente. ¿Si era un viaje de trabajo, en comisión de servicio, por ejemplo, habrá alguien que se atreva a preguntar qué hacían las esposas de esos altos oficiales en el helicóptero? Si los que pagan viajes innecesarios de cónyuges de funcionarios públicos por el extranjero son los mismos ciudadanos que llenaron las calles de Santiago, entonces tal vez el llanto se justifique. ¿Habrá alguna vez una evaluación objetiva de la gestión del general Bernales, que comprenda no sólo los logros sino las áreas de sombra, como la violencia y parcialidad que caracterizan la actuación de Carabineros en tierras mapuches, con resultado de muerte? ¿Qué pasará con los criterios que aplican las Fuerzas Especiales para regular su violencia en las manifestaciones de estudiantes y trabajadores? Con esta virtual canonización del general, se hace muy difícil hacer una reflexión crítica. Es lo que sucede en un país que al parecer no tiene problemas para identificarse emocional y sicológicamente con tal facilidad con la policía nacional. ¿Dónde se verá que un gabinete entero, encabezado por la marcial presidenta, se sepa la letra completa del himno de la policía, con su lema tan fascistoide? No creo que suceda en otras partes del mundo, y eso debería hacernos meditar.

http://noticiassecretas.blogspot.com/

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